Fios do Tempo. Ciencia, Estado y Modernidad. Una defensa del proyecto moderno – por Daniel Chernilo

En el debate de Fios do Tempo sobre la pandemia de coronavirus, hoy publicamos un artículo de Daniel Chernilo en “defensa del proyecto moderno”. Después de abordar, en un artículo anterior, cómo la crisis actual nos permite reconstruir la historia reciente de los estados-nación y reconocer la necesidad de “más y otra globalización”, Chernilo ahora desarrolla una reflexión sobre cómo esta misma crisis nos permite aclarar más la centralidad del proyecto moderno y, sobre todo, de la ciencia y el estado.

En las interpretaciones actuales, los diagnósticos de crisis proliferan, tanto por buenas como por malas razones, que son, al mismo tiempo, críticas con la modernidad. Como pensador crítico, Chernilo analiza por supuesto las patologías de las sociedades contemporáneas, pero al mismo tiempo, rechaza el procedimiento común de no distinguir al bebé del agua sucia que lo baña. En este artículo, nos ofrece una discusión, fáctica y contrafáctica, sobre cómo la ciencia y el Estado nos dan condiciones para enfrentar y superar la crisis pandémica. De esta manera, defiende el proyecto moderno inacabado en un momento crucial para algunos países como Brasil, que se enfrentan a líderes políticos que sistemáticamente intentan desmantelar, del Estado, las bases científicas para explicar los fenómenos y la acción colectiva.

Y hoy tenemos una hermosa noticia. ¡No solo podrá leerlo, sino también escucharlo en una lectura de audio realizada por el propio Daniel Chernilo!

Una buena lectura, o escucha!

A. M.
Fios do tempo, 14 de abril de 2020




Ciencia, Estado y Modernidad:
Una defensa del proyecto moderno

Santiago do Chile, abril de 2020

En medio de la crisis de salud publica global más significativa de la historia, con cifras tremendas de muertes que aun siguen creciendo y sin tener un horizonte temporal de salida, puede resultar contraintuitivo o incluso irresponsable sostener que dos de las instituciones fundamentales de la modernidad – la ciencia y el estado – han sido cruciales en su contención. Por el contrario, la tesis más escuchada en estas semanas parece ser la contraria: la modernidad es justamente responsable de esta crisis. Capitalismo, globalización, autoritarismo, populismo, pobreza, desigualdad, antropocentrismo, sobrepoblación y crisis ambiental son todos sindicados, con razón, como elementos que confluyeron en que esta pandemia se haya gatillado. Sin desconocer la relevancia de ese argumento, en esta intervención quiero sostener que, a pesar de su gravedad y dramatismo, esta crisis demuestra la importancia de la ciencia y el estado como dos las instituciones más fundamentales de la modernidad. 

1. Tragedias y desastres de este tipo – terremotos, erupciones volcánicas, sequías, plagas, pestes, enfermedades – no son propias de la modernidad, sino que son una constante de la existencia de la especie humana en la tierra. Desastres de esta magnitud son parte integral de los relatos bíblicos, por ejemplo, y el estoicismo con que allí se recomienda aceptarlas y resistirlas se justifica desde una variedad de visiones cósmicas o trascedentes. Esas crisis se construyen como ciclos naturales y en ocasiones incluso necesarios en la historia de naciones, imperios o religiones, y por ello son comprendidos como eventos místicos, castigos divinos o un destino inevitable. Cuando son comprendidos así, la única manera razonable de hacer frente a esas crisis es resignarse, esperar y, por cierto, pedir perdón por nuestros pecados e impurezas. Desde tiempos inmemoriales, entonces, los humanos las recibíamos pasivamente, con temor, y en la certeza de que nos esperaba lo peor: poco y nada estaba en nuestras manos para paliar el dolor que generan. No estaba ni la expectativa ni se contaba con las herramientas para hacerles frente de manera efectiva.

2. Hay algunos episodios más o menos recientes que podrían compararse con la pandemia actual. Podemos mencionar las epidemias de cólera que azotaron Europa y parte de América Latina durante entre la segunda mitad del siglo XIX y mediados del siglo XX, así como la gripe española a fines de la primer aguerra mundial. En ambos casos, la ciencia biológica no estaba más que en pañales, la epidemiologia no existía y el estado moderno no tenia recursos, organización o personal para intervenir y hacerles frente. Por ejemplo, ningún país del mundo contaba en ese entones con algo que pudiésemos comparar con un sistema públicosde salud en el sentido que lo entendemos ahora – en realidad, malamente contaban con estadísticas confiables sobre la composición más básica de su población. Es decir, desde el punto de vista de su capacidad de intervenir efectivamente en las condiciones sanitarias de la población, la ciencia y el estado moderno son una invención muy reciente. Si somos generosos, podemos decir que se aprestan a cumplir setenta u ochenta años.

3. Si avanzamos en el tiempo, la epidemia del SIDA a fines de la década de los ochenta del siglo pasado, y el SARS a inicios del siglo XXI, fueron las primeras crisis de salud pública globales, o al menos casi globales, frente a las cuales sí contamos con las herramientas intelectuales, técnicas y sociales para comprender sus causas, contener su despliegue y encontrar mecanismos para derrotarlas. Sin embargo, como señalé en una intervención anterior en esta misma serie de Fios do Tempo, ellas no son comparables a la pandemia actual en un sentido bien fundamental. Las condiciones de globalización 2.0 en que hoy vivimos no se habían desplegado en ese entonces. Por ello, esas epidemias no se expandieron a una velocidad comparable al virus corona, ni tampoco generaron, como ahora, un tipo de solidaridad que se asemeja bastante a las ideas cosmopolitas de la modernidad temprana: la experiencia de ser parte integrante de una única trayectoria de la humanidad, puesto que somos parte de un destino genuinamente común. 

4. En las ciencias sociales y humanidades disponemos de múltiples definiciones de modernidad. Una de las más simples y económicas la encontramos aun en el ensayo ¿Qué es la Ilustración? que Immanuel Kant publicó en 1784. Su idea central es simple: lo propio y más característico del proyecto moderno es la invitación a hacernos cargos de nuestra historia y de darnos colectivamente las reglas que han de guiar nuestra vida común. Desde Kant en adelante, a idea de autonomía está en el centro del proyecto moderno: es a partir de ella que el estado moderno se funda en el principio de la división de los poderes y la igualdad ante la ley, así como la de la ciencia moderna es una forma de conocimiento racional antes que místico o religioso del mundo natural. Ambas instituciones son cruciales en la instalación de la modernidad como un modo de vida basado en esta aspiración a tomar control sobre nuestro destino. 

5. Desde el punto de vista de la ciencia y el estado, entonces, esta pandemia nos encuentra en muchos sentidos en una buena situación. Hoy contamos con más investigación científica que en cualquier período anterior de la historia humana. Hay más recursos, personas, instituciones y redes de colaboración científica que pueden ponerse a trabajar de forma coordinada para encontrar formas de paliar esta crisis y, ojalá en un futuro cercano, encontrarle cura. En buena medida, son pocos los que realmente dudan que ello será realmente así y más bien esperamos que ello suceda lo más pronto posible. En relación con los estados, ellos cuentan ahora con más y mejores sistemas de información, más personal que está mejor capacitado para colaborar en el control de la crisis. Sobre todo, muchísimos estados en distintas partes del mundo cuentan con sistemas de salud públicos con capacidad de acceder y tratar a buena parte de su población. Además, como norma, estos sistemas de salud cuentan con alta legitimidad por parte de las personas. 

6. Antes de continuar, me interesa reiterar que mi afirmación de que esta crisis nos encuentra en buen pie parados no busca minimizar la gravedad y drama humano de esta pandemia. Busca más bien indicar un juicio contrafáctico que me parece clave para comprender la severidad de la crisis, lo adecuado o no de culpar a la modernidad de ella, y en donde radican las estrategias con mejores opciones de hacerle frente exitosamente: ¿Cuánto peor sería esta crisis sin la ciencia moderna? ¿Cuántos más muertos habríamos de lamentar sin los sistemas de salud? ¿Cuánto más precaria sería nuestra preparación para enfrentar su momento más agudo sin las técnicas y modelos estadísticos de contagio o muertes? ¿Cuánto peor serían los contagios sin sistemas de agua potable, alcantarillado y la posibilidad de aislar a los contagiados? ¿Cuánto más remota se vería la posibilidad una cura y vuelta a la vida “normal” sin el estado y la ciencia moderna? Soy consciente de que no es posible dar respuesta precisa a estas preguntas, pero ellas nos permiten indicar la dirección de larga duración en que se inscribe la trayectoria histórica de la modernidad.

7. Por supuesto, un asunto central que no hemos de perder de vista es que la crisis de esta pandemia está gatillada por varias de las propias instituciones, estructuras y prácticas de la propia modernidad. Ya mencionamos algunas al inicio: una economía capitalista que opera a escala global, presiones ecológicas que saturan nuestros medioambientes, situaciones de pobreza extrema que fomentan prácticas alimenticias riesgosas y poco saludables, relaciones geopolíticas entre estados que favorecen la competencia antes que la cooperación. Todo ello es así y no es mi interés minimizar su importancia. Sin embargo, mi defensa del proyecto moderno no descansa en la ilusión de su supuesta “perfección” o en la idea de que estemos avanzando en hacia la construcción de una sociedad ideal. Si puedo interpretar de forma libre lo que Jürgen Habermas llamaba el proyecto inconcluso de la modernidad, debiésemos agregar a ello el hecho de que la modernidad está constituida por una dialéctica entre inclusión y exclusión: los procesos de ampliación de sus instituciones y reglas van de la mano de la creación de nuevas formas de exclusión, de nuevos riesgos, de nuevos desafíos. Eso es lo que sucede ahora: me parece fundamental reconocer que a esta crisis, propia de la modernidad, es posible hacerle frente justamente porque contamos con instituciones modernas como el estado y la ciencia. 

8. De hecho los dos grandes problemas que obstaculizan la solución de esta crisis son ellos mismos expresión de la fortaleza de las instituciones modernas. La primera es la actitud anti-científica que es parte de una agenda ideológica populista que hoy es parte de los gobiernos en países tan importantes como Estados Unidos, México, el Reino Unido y Brasil – aunque no solo en ellos. En todos los casos, una desconfianza profunda respecto de la pertinencia del uso de recomendaciones científicas en la política pública cuando ella contraviene sus intereses inmediatos, les hizo perder a estos países tiempo precioso de preparación y anticipación a la llegada de la pandemia. Más allá de los motivos religiosos, ideológicos o nacionalistas que están a la base de ese rechazo a la ciencia, tomar un camino anti-científico se está pagando muy caro. La segunda es la crisis fiscal en que se encuentran la gran mayoría de los estados en el mundo. La tendencia global de los últimos 20 años ha sido el debilitamiento, cuando no el desmantelamiento de sistemas de salud y políticas de seguridad social en todas partes del mundo. Es decir, la capacidad objetiva de los estados está debilitada en relación con las exceptivas de la población y, por cierto, respecto de sus propias potencialidades. En otras palabras, estados de bienestar más robustos habrían estado en mejores para resistir, contener y encauzar la avalancha que se les vino encima. No digo que habrían podido controlarla completamente, pero sí habrían estado sometidos a menos presión y habrían tenido más flexibilidad y margen de maniobra. Es por esa razón que no es casualidad que estados asiáticos como Corea del Sur, Singapur o Taiwán hayan sido los que han enfrentado mejor esta crisis. A escala global, estos son lo que mejor han logrado sortear las crisis fiscales.

9. Por supuesto, este es un argumento muy general que está pensando a escala global. Las deficiencias específicas de cada país, las estructuras de sus respectivos sistemas de salud, así como muchas otras, harán una gran diferencia entre la forma en que Suecia y Ecuador podrán hacer frente a esta crisis. Pero mas temprano que tarde los avances en un lugar llegarán también a los otros, así como la cooperación internacional comienza a jugar un lugar importante en la forma de hacer frente a la pandemia. Si las causas de la crisis son globales, sus soluciones lo son también. Crisis como estas nos demuestran que, en los hechos, no somos únicamente ciudadanos de nuestros países. Somos también ciudadanos de un único mundo, con un destino también compartido debido a las condiciones globales en que se desarrolla nuestra experiencia cotidiana. 


Daniel Chernilo es profesor Titular de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Chile. Entre sus publicaciones destacan A Social Theory of the Nation-State (Routledge, 2007), Nacionalismo y Cosmopolitismo (UDP, 2010) y Debating Humanity. Towards a Philosophical Sociology (Cambridge UP, 2017).


¿Cómo citar este artículo?
CHERNILO, Daniel (2020), Ciencia, Estado y Modernidad. Una defensa del proyecto moderno. Fios do Tempo (Ateliê de Humanidades), 14 de abril. Disponible en: https://ateliedehumanidades.com/2020/04/14/fios-do-tempo-ciencia,-estado-y-modernidad-una-defensa-del-proyecto-moderno—por-daniel-chernilo


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