Fios do tempo. La crisis del virus corona: breve historia del desanclaje entre globalización, sistema internacional y estados-nación – por Daniel Chernilo

Continuando con la serie de debates sobre el coronavirus de Fios do tempo, publicamos ahora en español el texto del sociólogo y filósofo chileno Daniel Chernilo, quien analiza la crisis actual y expresa una desconexión entre la globalización, el sistema internacional y los estados-nación. En su característico estilo de reflexión, Chernilo presenta 11 tesis agudas y precisas que nos traen, desde un punto de vista sociopolítico, un análisis cosmopolita, realista y bien informado de la crisis pandémica.

¡Les deseamos a todos una buena lectura o escucha!

A. M.
Fios do tempo, 26 de março de 2020




La crisis del virus corona
Breve historia del desanclaje entre globalización, sistema internacional y estados-nación

Santiago de Chile, Marzo de 2020

Agradezco sinceramente al profesor André Magnelli y al Ateliê de Humanidades la invitación a contribuir a esta serie de respuestas rápidas sobre la actual crisis del virus corona. Mi objetivo en estas breves líneas es ensayar una contextualización sociohistórica de su estallido, expansión global y posibles consecuencias de mediano plazo. Como sociólogo y filósofo, me propongo respetar estrictamente el saber experto de la virología y epidemiología. Por ello, no haré mención alguna a asuntos que tienen que ver con esas áreas del saber. En cualquier caso, la rapidez, severidad, intensidad y globalidad de esta crisis no solo invita sino que hace imprescindible miradas múltiples. Para hacer más ordenada esta argumentación, presentaré mis ideas en forma de tesis.

1. La crisis del virus corona es genuinamente global: partió en China, se expandió primero por Asia, llegó después a Europa Norteamérica, para arribar finalmente a África y América Latina. No es la primera pandemia genuinamente global – en buena medida el SIDA ya lo fue a fines del siglo XX y el SAR a inicios del siglo XXI– pero el virus corona sí es la pandemia más rápida en expandirse globalmente y cuyos efectos en la vida social son y serán de todo orden. En una frase, esta es la crisis de salud más global en la historia de la humanidad porque nunca habíamos vivido tiempos más globales que los actuales. La interconexión de las economías mundiales continúa profundizandose.

2. Además de su dimensión global, la crisis tiene también una dimensión internacional. Por un lado, la historia del siglo XX puede contarse desde el punto de vista de la constitución creciente de un sistema de instituciones internacionales altamente sofisticadas que monitorean, comparan y orientan el comportamiento de distintos estados en todo el mundo. El mundo que habitamos es un mundo donde UNESCO, WTO, INTERPOL y muchas otras organizaciones han hecho una contribución institucional fundamental. La propia OMS ha jugado un rol crucial en los últimos 60 años en la conformación de un sistema de estadísticas internacional comparables en área de la salud. Gracias a ella, la experiencia internacional comparada ha permitido erradicar enfermedades, mejorar esperanzas de vida, vacunar a millones de niños y niñas, etc.  Los estados tienen en estas instituciones internacionales guías globales sobre qué hacer en diversos casos. Por el otro lado, esas instituciones internacionales tienen bajísima capacidad acción autónoma, lo que se ve agravado en tiempos de crisis como el actual. Conceptualmente son depositarias de un saber muy importante a la hora de tomar medidas, pero en la práctica dependen completamente de la voluntad y recursos de los estados-nación. 

3. La tercera dimensión de la crisis es nacional. Ello, porque los sistemas de salud que están al borde del colapso en todo el mundo dependen y están fundamentalmente organizados al como parte de los estados-nación. La decisión y capacidad real de imponer cuarentenas sanitarias dependen también de las legislaciones y fuerzas policiales de cada país. Las cifras de desempleo que comenzaremos a ver muy pronto son también un problema político nacional, así como lo son las crisis fiscales crónicas de los estados, incapacidad fiscal que les impide actuar de forma más agresiva. En el siglo XXI, la gran mayoría de los ciudadanos del mundo son aun únicamente ciudadanos de los países en que residen.

4. El argumento central de esta breve intervención es simple: el carácter estructural y sin precedente de la crisis gatillada por el virus corona se debe al enorme desanclaje entre estas tres dimensiones: (a) una economía genuinamente global y con una capacidad casi irresistible de movilizar recursos; (b) instituciones internacionales altamente competentes pero sin capacidad real de acción autónoma; y (c) estados-nación políticamente sobrecargados de demandas que no pueden satisfacer porque económicamente arrastran por décadas crisis fiscales y el desmantelamiento de sus políticas públicas y servicios sociales.

5. A pesar de que se vieron expuestos la pandemia de forma más inmediata e inesperada, fueron los países asiáticos quienes reaccionaron de mejor manera a esta crisis. Ello no es casualidad. Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong han sido los grandes ganadores del ciclo económico global de las últimos treinta o cuarenta años. Sus estados cuentan recursos y respondieron bastante bien porque son los estados más fuertes del mundo. Es muy posible que en ello haya influido también un aprendizaje de experiencias anteriores como durante la epidemia del SAR en 2003. Enfatizar estas dimensiones, me parece, es más preciso y sobre todo útil que atribuir supuestos esencialismos culturales a un modo de vida asiático que sería naturalmente autoritario y pasivo. Fue su acción coordinada, su carácter centralizado con alta capacidad fiscal, burocrática y técnica para reaccionar rápidamente a situaciones críticas, lo que ha permitido a los estados en estos países ser los únicos que han logrado frenar la curva de infecciones y muertes del virus.

6. El fracaso rotundo de la estrategia de USA tiene varios motivos – incluso si dejamos de lado por ahora los más contingentes, como la irracionalidad que día a día demuestra su comandante en jefe. Uno debe concentrarse, más bien, en el escepticismo crónico de la política norteamericana frente a acciones internacionales concertadas, por un lado, y a los callejones sin salida que en casos como esto crea una estructura federal dificulta una acción sistémica y coherente, por el otro. A ello hay que agregar el tabú histórico que la idea de un seguro universal de salud representa en la política interna de ese país. Así, la combinación entre su poder económico global, su renuencia a participar de instituciones internacionales, y los cortocircuitos de su política interna hizo que Estados Unidos importase el virus con extrema rapidez y que haya reaccionado mal y a destiempo. 

7. Sin duda ha sido en Europa donde la crisis ha causado mayores estragos hasta ahora. Ello se explica, me parece, porque en Europa donde se muestra con la mayor crudeza el desanclaje entre lo global, internacional y nacional que me interesa explorar. Al igual que su reacción titubeante durante la crisis del Euro, todo en Europa se lleva a cabo de manera correcta de acuerdo a algún protocolo preestablecido, pero en tiempos de crisis ese resulta lento, indeciso y algo finalmente caótico. Dicho de otra forma, la Unión Europea lleva ya 25 años sin poder decidir si se va a transformar definitivamente en actor global en toda su dimensión, o si en realidad no es más que un matrimonio por conveniencia entre estados-nación que se piden permiso para tomar cualquier medida, pero donde, en la práctica, cada uno hace lo que quiere (o lo que puede mientras puede). Con excepción de Alemania, además, esta crisis ha desnudado con dramatismo el desmantelamiento de los sistemas de salud y protección social del continente. En España, Italia, o Reino Unido, para mencionar sólo los casos más evidentes, estos sistemas llevan 20 años sufriendo crisis de financiamiento que ahora se pagan muy caras.

8. En América Latina, finalmente, la crisis muestra que la región está total y definitivamente integrada a la economía global. Hasta bien entrado marzo, los gobiernos de la región parecían aún esperar, como ha sucedido en crisis anteriores, que la pandemia no llegaría realmente a nuestras costas y que, en caso de hacerlo, llegaría solo de forma muy parcial y debilitada. Hace 30 años podíamos efectivamente aspirar a que un virus proveniente de Asia no hubiese llegado tan lejos. Hoy no, porque nuestras economías e intercambios de bienes y servicios son efectivamente globales. En todos nuestros países hay ya elites suficientemente numerosas que viajan por el mundo con frecuencia y a su vuelta traen toda clase de presentes esperados e inesperados. Pero la gran mayoría de los estados latinoamericanos no tiene las capacidades burocráticas, financieras y tecnológicas que se requieren para hacer frente a una crisis de esta envergadura. De hecho, con la excepción parcial de Argentina, los estados en América Latina no tuvieron nunca sistemas de bienestar o seguridad con capacidad real de proteger a la mayoría de sus poblaciones. Hoy tampoco la tienen y la debilidad fiscal de todos los países les hará muy difícil cuando no imposible enfrentar adecuadamente lo que se viene en términos de desempleo, informalidad, pobreza, etc. La situación dramática de sus sistemas de salud público tomará proporciones dantescas si la pandemia no se controla antes de llegar a poblaciones más pobres.

9. En términos sociohistóricos, entonces, lo que hemos experimentado en estos tres meses, y más aún aquello que está por venir, es el inicio de una crisis social, política y económica sin precedentes. Se aproxima una recesión global económica global como nunca antes, puesto que no hay sector de la economía que no esté afectado, ni región del mundo que, como en casos anteriores, esté en condiciones de dar bríos nuevos a la demanda. Mientras escribo esto – el 24 marzo – India acaba de anunciar una cuarentena por tres semanas para sus 1.300 millones de habitantes. Ni siquiera durante las guerras las economías funcionan así: mal que mal, durante la segunda guerra mundial la caída en la demanda privada es siempre compensada al menos en parte por un aumento de la inversión estatal en producción de armamentos. La pérdida diaria de vidas en Italia en su peor momento, casi 700 seres humanos en un solo día, es comparable a sus peores cifras durante de ese conflicto.

10. Algunos han planteado ya que la crisis del virus corona parece indicar el principio del fin de la globalización. Ello, porque en una economía mundial debilitada, quienes tengan mejores capacidades de autosubsistencia podrán salir más rápido de la disrupción actual y se verán así beneficiados. No lo creo. Por el contrario, mi intuición es que sea cual sea la forma de resolución de esta crisis, ella requerirá una nueva forma de coordinar las acciones en estos los tres niveles que hemos mencionado: lo global, lo internacional y lo nacional. La crisis no se resolverá con una vuelta al particularismo, la ilusión de soberanía o la autarquía. Por el contrario, se sale de ella con más globalización, pero una globalización diferente a la que hemos vivido hasta aquí. 

11. La nueva globalización que vamos a necesitar no podrá ya concebirse como un juego de suma cero entre globalismo y nacionalismo: entre intercambios económicos de magnitud y escala mundial y una idea soberanía estatal que debe defenderse a toda costa. Para ello, es crucial revalorizar las instituciones internacionales. Requerimos organismos fuertes y con capacidad real de acción autónoma en relación con los estados y los propios ciclos de la economía. Requerimos de regímenes jurídicos internacionales más dinámicos, robustos y visibles – justamente lo contrario de lo que las ideologías predominantes de izquierda y de derecha han promocionado durante las últimas décadas.


Daniel Chernilo es profesor Titular de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Chile. Entre sus publicaciones destacan A Social Theory of the Nation-State (Routledge, 2007), Nacionalismo y Cosmopolitismo (UDP, 2010) y Debating Humanity. Towards a Philosophical Sociology (Cambridge UP, 2017).


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