Fios do Tempo. Antisemitismo y Genocidio. Algunas reflexiones – por Daniel Chernilo

La complejidad de la situación en Israel y Palestina requiere un examen de sus múltiples dimensiones y de las historias que se entrecruzan en el conflicto actual, algo que no se encuentra fácilmente en los debates y manifestaciones públicas. En este artículo, el sociólogo chileno Daniel Chernilo, estudioso del antisemitismo moderno, hace una importante contribución a la reflexión histórica y normativa sobre el antisemitismo y su conexión con la categoría de genocidio del derecho internacional.

¡Una buena lectura!

Felipe Maia
Fios do Tempo, 11 de marzo de 2024


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Antissemitismo e Genocídio.
Algumas reflexões

Daniel Chernilo

El presidente brasileño ha hecho declaraciones muy duras respecto del comportamiento de Israel con los palestinos, comparándolo con el tratamiento que los Nazis tuvieron para con los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.1 No es una acusación nueva, pero aun así es relativamente raro que sea el presidente de un estado quien la emite. Como proposición empírica – es decir, como una afirmación desapasionada que busca describir un hecho o situación – debiese resultar evidente para cualquier persona relativamente informada en eventos tanto del pasado como del presente que el presidente Lula está equivocado. En realidad, el propio presidente debiese saberlo. Debemos, por tanto, explicar los procesos históricos, así como el contexto intelectual e ideológico, que permite que una comparación de este tipo parezca plausible a pesar de las diferencias abismales entre la situación de los judíos en la década de 1930 y 1940 y la situación actual del conflicto entre israelíes palestinos.

En el nivel más simple, las declaraciones del presidente Lula dice relación con que son abiertamente ofensivas para con las víctimas del holocausto judío. Del comportamiento de un jefe de estado, uno esperaría no solo mayor prudencia sino buena fe: acusar que el ejército de Israel está cometiendo contra los palestinos no autoriza ni justifica apelar al dolor causado por crímenes anteriores en ninguna circunstancia – menos aun cuando entre quienes se ven afectados por esa comparación hay decenas de miles de ciudadanos brasileños cuyos familiares perecieron en el holocausto. Lamentablemente, una parte muy importante de la explicación para las declaraciones del presidente Lula, así como respecto de su recepción, dicen relación con las distintas caras del antisemitismo tanto en el pasado como en el presente. El vínculo entre genocidio y antisemitismo es lo que me propongo explorar en las páginas que siguen.

I.

El antisemitismo es la forma de odio sistemática más antigua de la historia de la humanidad (Gager 1985). Surge en los inicios de la propia Cristiandad, cuando los padres de la naciente iglesia católica acusan a los judíos de traicionar a Jesús y ser cómplices de su asesinato. Si bien es difícil pensar en una acusación más grave que la de asesinar a dios mismo, con el transcurso del tiempo a la doctrina oficial de la Iglesia Católica se le irán agregando varios otros que, en conjunto, llegarán a formar parte significativa del ideario simbólico-cultural de la cristiandad occidental: los judíos son hijos de satanás y están por siempre condenados al infierno, su obstinación en no reconocer al hijo de dios es fruto de la mentira y la mala fe, y su incapacidad para comprender que el “nuevo” testamento es la superación definitiva del “antiguo” los pone en una condición de inferioridad moral y teológica permanente. Los judíos raptan y asesinan niños cristianos para, con su sangre, realizar ritos ocultos y, como se comprenden a sí mismos como el “pueblo elegido”, se comportan como enemigos del género humano y conspiran para hacerle daño a todos quienes no son judíos. Por cerca de dos milenios la iglesia tuvo como parte de su doctrina oficial que todos los judíos – pasados, presentes y futuros – son igualmente responsable de la muerte de Jesús, por lo que sufrimientos a los que están expuestos no son más que parte de su merecido castigo divino.2 En términos teológicos, la continuidad del judaísmo es un obstáculo para llegada del Mesías.

Con la llegada de la ilustración, los prejuicios que hasta ese entonces tenían un sustrato teológico se “secularizan” y los judíos se transforman en un impedimento para el progreso de la modernidad. Varios de los pensadores más destacados de la época, como Voltaire (sf) y Kant (2009) refieren de forma constante estereotipos negativos sobre los judíos como un estorbo fundamental para el despliegue del conocimiento racional y la autosuficiencia moral de las sociedades europeas que transitaban procesos de cambio social muy acelerado. Los judíos son esencialmente intolerantes, se dedican únicamente a la usura, y mantienen una reverencia ciega a la tradición que no merece siquiera catalogarse como religión (Hertzberg 1990, Sutcliffe 2003). En términos filosóficos, la continuidad del judaísmo es un obstáculo para el progreso social.

A contar del siglo XIX, estos prejuicios comienzan comienzan a tomar como sustento la supuesta base científica y biológica del pensamiento racista: los judíos son una “raza” distinta, inferior, que no quiere ni puede integrarse de buena forma con cualquier otro grupo humano. Con una historia de nomadismo, son “cosmopolitas sin raíces” entre cuyos rasgos esenciales está traicionar a los pueblos y naciones que generosamente los han acogido. Parásitos del comercio y el dinero, incapaces de actividad productiva alguna, en sus relaciones económicas son principalmente estafadores y extorsionadores. Dueños de un gran capital, operan como cofradía secreta que usa como títeres a los gobiernos y estados en su afán de controlar el capitalismo internacional. Inmorales, resentidos e inconformistas, los judíos son también los ideólogos y agitadores principales del bolchevismo marxista. Para fines del siglo XIX, el antisemitismo es doctrina oficial de varios de los partidos políticos católicos y nacionalistas más importantes de Europa Central (Wistrich 1990). En términos políticos, la continuidad del judaísmo es un obstáculo para la integración nacional.

Es en este período en que comienzan también las primeras reflexiones críticas sobre las causas del antisemitismo, así como sobre el daño que ha ejercido en la vida moral y política de las sociedades europeas. En 1844, Marx (1975) había notado la peculiar forma en que las sociedades europeas proyectan en los judíos los rasgos más negativos de su propia vida política y, sobre todo, económica, para después transformarlos en responsables de la discriminación que sufren: en una sociedad donde el dinero prima sin contrapeso, se transforma a los judíos en la forma arquetípica de la usura. Algunas décadas más tarde, Nietzsche (2013) argumenta que, lejos de haber “superado” el judaísmo, el problema con el cristianismo es justamente que depende profundamente de él. La gran hipocresía del cristianismo es entonces ofrecerse como la religión del amor mientras predica el odio hacia los judíos para negar sus propios orígenes. En 1939, pocos meses antes de morir y habiendo tenido que abandonar Viena una vez que los Nazis anexaron Austria, Sigmund Freud (2015) se está aún preguntando cómo explicar la duración, amplitud y extensión del antisemitismo. Freud ofrecerá una enrevesada interpretación de la historia bíblica de Moisés donde los judíos matan a quien los liberó de Egipto y con ello cometen el parricidio original que da vida al monoteísmo: ese es su pecado original y la causa transhistórica del antisemitismo. Desde enfoques y argumentos distintos, y a ratos reproduciendo varios de los mismos estereotipos problemáticos que buscaban explicar, los tres pensadores más importantes del canon crítico del pensamiento moderno convergen en la tesis de que el antisemitismo es resultado del hecho que el judío devino en la imagen invertida de los valores de cristiandad occidental. El judío termina por encarnar todos los defectos que el mundo occidental quisiera expulsar, pero no puede sino reconocer como propios: el asesinato, la mentira, la usura, el resentimiento, la depravación, la confabulación, la obstinación, la mala fe. Para cada ocasión y lugar hay un estereotipo que viste al judío con las ropas necesarias (Niernberg 2013).3

II.

El holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial es el punto más alto de las persecuciones antisemitas en Europa. Por extensión y brutalidad, es un caso único y especialmente dramático, pero no se trata de un caso aislado. La historia de los judíos en Europa está llena de persecuciones, expulsiones e intentos de destrucción: Inglaterra en el siglo XIII, España en el siglo XV, distintas regiones del imperio de los Habsburgo en el siglo XVII, Rusia a fines del siglo XIX e inicios del XX. En todos estos casos, la discriminación contra los judíos se expresó en un conjunto de medidas discriminatorias, cuando no de violencia física directa: restricción de sus espacio de actividad económica, impuestos especiales, revocaciones de la autorización para residir en diversas ciudades, confinamiento a zonas segregadas y prohibición de desplazamiento, conversiones forzadas, destrucción de propiedad, quema de sinagogas y, por supuesto, asesinatos (ya sea ordenados por autoridades laicas o eclesiásticas como en eventos de violencia “espontáneas” entre las poblaciones locales (Katz 1982, Schama 2014)). Los eventos que gatillaron actos son por cierto muy variados– la desaparición de un niño, la peste negra, la subida de precios de los alimentos – pero el patrón para sus justificaciones es el mismo: discursos y estereotipos antisemitas justificados teológica, histórica o políticamente donde los judíos son responsables de la crisis actual.

Por cierto, los judíos no fueron las únicas víctimas del exterminio Nazi. Gitanos, homosexuales, personas con distintas discapacidades y enemigos políticos fueron también perseguidos, desterrados y asesinados. Pero solo en el caso de los judíos justificaciones raciales, políticas y teológicas se combinaron para transformarlos en el enemigo principal del régimen. Sólo en el caso de los judíos la política se implementó con el objetivo expreso de intentar eliminar a la totalidad de un grupo humano. El genocidio perpetrado por los Nazis tuvo dos condiciones necesarias básicas. La primera es el antisemitismo como dimensión ideológico-cultural (Arendt 1994, Goldhagen 1997). La extensión de los prejuicios antisemitas en Europa está a la base de las justificaciones que los Nazis usaron para la progresiva eliminación de los judíos de la vida cívica (mediante su prohibición de ejercer determinados oficios o ejercer cargos públicos), de la vida legal (mediante las restricciones a la tenencia de propiedad, a la libertad de desplazamiento), de la vida nacional (mediante las expulsiones masivas) para, finalmente, llegar a las campañas de asesinatos masivos. El segundo elemento necesario para la implementación del holocausto radica justamente en que se trató de una política estatal explícita (Bauman 1991, Neumann 2009). Se trató de una decisión que se tomó en lo más alto del estado Nazi, que se preparó, coordinó y contó con los recursos del estado, que permitió a los funcionarios que la implementaron ascender en sus carreras, que se pusieron metas, crearon procedimientos y establecieron registros para su implementación. No se trató de organizaciones semiautónomas que actuaron contra las órdenes del régimen, no fueron hechos aislados, excesos, o consecuencias indeseadas de políticas que tenían otros objetivos. No existe tampoco la atenuante de que se trataba de un momento de guerra, puesto que los judíos que fueron deportados y luego exterminados no habían cometido crimen alguno, no estaban en falta por sus acciones u omisiones. Además de mujeres y niños, se trataba de víctimas civiles sin preparación ni equipamiento militar. Lo propio del genocidio nazi es tanto su ideología antisemita como el hecho de que se implementó desde el estado de manera metódica. La utopía Nazi de una “Europa sin judíos” – una Europa homogénea, blanca, cristiana y con su dominio global de mil años asegurado en razón de la superioridad de la raza aria – se nutrió de manera decisiva de los símbolos, imágenes e ideas que han acompañado a los judíos como minoría perseguida por 2.000 años.

III.

La historia de la fundación de un estado judío, en 1948, sobre las ruinas de los imperios otomano y británico y en una zona del mundo de mayoría musulmana, puede narrarse como el surgimiento de una conciencia nacional (y nacionalista) en los judíos de la Europa a contar de fines del siglo XIX (Avineri 2017). Como todos los movimientos nacionales de su momento, el sionismo tuvo desde sus inicios un significativo componente democrático y progresista, así como también un componente chovinista y xenófobo que miraba con recelo a países y pueblos vecinos. Como todos los movimientos nacionalistas de la época, tuvo decenas de facciones distintas – de izquierda y de derecha, más culturales y más políticas, más elitistas y más de base, más religiosas y más seculares (Wistrich 1990). La historia del sionismo como movimiento político, y de Israel como estado moderno, no es distinta a la historia de los distintos estados que han reclamado “soberanía nacional” durante los últimos doscientos años. Más bien, es la historia de la normalización de la situación de los judíos en relación con el resto de las naciones del mundo. Es a contar de mediados del siglo XX que, por primera vez en la historia, los judíos tienen un estado propio: es decir, un estado donde las creencias antisemitas que han sido tan influyentes en occidente no son las creencias dominantes del estado y, a su vez, donde los recursos del estado se ponen al servicio de la protección y promoción de la vida judía.

Una historia alternativa del sionismo lo comprende como un movimiento eminentemente racista y colonialista, donde la instalación de los judíos sirvió como “caballo de troya” para la dominación occidental en la región (Mayer 2021, Berkovits 2021). En esta versión, los judíos que en las últimas décadas del siglo XIX comenzaron a migrar a Palestina no serían otra cosa que “colonos europeos” provistos de la ideología “supremacista” que les otorgaba su identidad como pueblo elegido. Puesto que el imperialismo europeo estaba aún expandiendo su dominación por África y Asia, la llegada de los judíos a oriente medio tendría que responder a ese mismo patrón. Este revisionismo sobre los orígenes del sionismo surge a contar de fines de la década de 1960 y toma cada vez mayor centralidad con el final de la Guerra de Vietnam (1955-1975), que transformará la causa palestina en el gran símbolo del anti-imperialismo global. Mientras que en occidente esto permitió mantener vivo un discurso anti-norteamericano, pero no por ello pro-soviético, tras la cortina de hierro los países comunistas se alinearon también cada vez más con las dictaduras militares que gobernaban potencias regionales como Egipto y Siria (Laron 2017, Wistrich 2012). En un contexto de alta polarización ideológica, los distintos sectores de la izquierda internacional tomaron la causa palestina como suya: este justamente el contexto ideológico en que se forma el tipo de afirmaciones del presidente Lula.

Sin embargo, este revisionismo tiene tres problemas principales:

(1) la gran mayoría de los judíos que migraron a Palestina hasta 1948 lo hicieron escapando de persecuciones racistas y no se veían a sí mismos como “blancos” o “europeos”. Por el contrario, fue la conciencia creciente de que nunca serían aceptados en Europa la razón fundamental que tenían para arrancar de allí.

(2) la migración judía a Palestina hasta 1948 fue una migración que se hizo en contra de la voluntad de los imperios que tenían control en la zona: el imperio otomano hasta 1918 y el imperio británico hasta 1948. En su gran mayoría, se trató de migración ilegal o sujeta a cuotas estrictas.

(3) A diferencia de los colonos europeos en África y otras partes de Asia, entonces, esta migración judía no se hizo con apoyo político, militar o económico de los estados europeos. Por el contrario, se trató de una migración autoorganizada por distintas organizaciones judías.

Para comprender la historia del sionismo, entonces, tenemos dos opciones. La primera es hacerlo de forma análoga a la historia del conjunto de minorías nacionales que, en Europa y otras partes del mundo, a contar de la segunda mitad del S XIX comenzaron a comprender que autoorganizarse como nación era una forma viable de reclamar autonomía política, cultural y, finalmente, territorial. El “nacionalismo judío” sería similar al nacionalismo checo, húngaro, polaco y tantos otros en las zonas geográficas donde la gran mayoría de los judíos habitaba en la época. Como todo nacionalismo, tuvo elementos de “izquierda” y de “derecha”; como todo nacionalismo se trató de un movimiento diverso; como todo nacionalismo, hubo quienes lo apoyaron y quienes lo rechazaron, tuvo tantos conversos como renegados. La segunda opción es comprender el nacionalismo judío como “excepcional”, donde a pesar de ser una minoría perseguida, los judíos se habrían comprendido a sí mismos, y comportado, como “blancos europeos” y, por ello, habrían aceptado actuar como lacayos del mismo racismo que los discriminaba. Los judíos que migraron a Palestina habrían negociado o exagerado su condición de víctimas para garantizar sus propios intereses coloniales, con miras a formar una red internacional y con afanes supremacistas fundados en razones bíblicas, raciales o ambas.

La diferencia entre ambas explicaciones es evidente. La primera no solo es más parsimoniosa en su construcción interna y está más ajustada tanto a los hechos históricos como a la autocomprensión de los propios actores en ese momento. Tiene además la gran ventaja de que, a diferencia de la segunda, no propaga y actualiza los prejuicios antisemitas de que, en el caso de los judíos, siempre hay algún motivo o interés inconfesable que está detrás de su actuar esencialmente inmoral. La idea del sionismo como proyecto europeo y colonial no solo no se sostiene históricamente, sino que atribuye motivos ulteriores y mala fe a las acciones de los judíos en su calidad de judíos. La lección es simple, pero tendremos de usarla una vez más en la sección final de este ensayo: para comprender las acciones de personas y organizaciones judías, podemos “normalizar” sus acciones – son un grupo humano más, distinto pero equivalente a tantos otros grupos – o podemos atribuirles alguna característica o rasgo excepcional que se expresa en una su conducta reprobable y se explica por su condición de judíos. El primer procedimiento es lo que esperamos de cualquier análisis serio y reflexivo; el segundo se constituye a través de ideas antisemitas anteriores y contribuye a propagarlas.

IV.

Dado los horrores de la segunda Guerra Mundial, el uso de la expresión “judío” hoy ya no se usa con tanta liviandad en estereotipos y expresiones antisemitas. Por cierto, esos prejuicios no han desaparecido completamente. Pero no hay duda de que ello es en sí mismo un avance, en el sentido de que esos estereotipos antisemitas explícitos tienen efectivamente menos presencia y relevancia en la esfera pública. Sin embargo, los prejuicios antisemitas no han desaparecido completamente, sino que reaparecen en la práctica bajo un nuevo “código cultural” (Holub 2016). Los prejuicios que por siglos estuvieron reservados a los judíos ahora son propiedad del “sionista” y aquí radica el centro de la discusión si el anti-sionismo es o no una forma de antisemitismo (Hirsh 2017). En un sentido literal, por supuesto que es posible criticar las acciones de un estado o movimiento político particular sin caer en discursos o prácticas racistas. Analítica y conceptualmente es perfectamente posible separar ambas posiciones. Pero en la práctica, y sobre todo en el discurso político “progresista” en política internacional, ciencias sociales y humanidades contemporáneas, la separación ha devenido imposible. Una vez que el sionismo ya no es definido como un movimiento nacional – o incluso nacionalista – sino como la expresión ideológica de la nueva forma de racismo con que los judíos, ahora devenidos blancos, reaparecen como parte de una confabulación internacional y el obstáculo definitivo para la paz mundial. Esto tiene, como consecuencia adicional asumir por defecto que, dado que todos los judíos son sionistas, son por ello corresponsables y en definitiva “cómplices” de lo que sucede en Israel. El carácter antisemita de este uso de sionista para referirse a los judíos se expresa, como en los casos anteriores de antisemitismo, en una serie similar de prejuicios:

(1) la deslegitimación de la existencia del estado de Israel cuando es descrito como “entidad sionista”.

(2) se agrede verbal y físicamente a judíos en distintas partes del mundo y se aplica un castigo colectivo en su contra debido a las acciones de Israel,

(3) se cuestiona la “lealtad nacional” de los judíos que viven en distintos países del mundo debido a ese vínculo – real o imaginario – con Israel.

En el primer caso, se procede con el doble estándar de conceder, como norma general, el principio que las naciones tienen derecho a un estado propio, pero ese derecho no vale para el caso de los judíos, cuyo estado adquiere así un estatuto excepcionalmente negativo e ilegítimo en el contexto global. Para el caso de las afirmaciones dos y tres, el doble estándar consiste en que cuestionamientos de ese tipo no se hacen en la gran mayoría de los cientos de comunidades binacionales que existen en decenas de países del mundo. Mientras que descendientes de croatas, italianos o coreanos pueden celebrar y destacar la parte “extranjera” de su herencia, los judíos debiesen estar avergonzados de su “sionismo”. La expresión política de ello es que este es precisamente el argumento para justificar ataques terroristas contra judíos en distintas partes del mundo. Desde los ataques de Hamás en octubre pasado, a la bomba que hizo estallar la sede comunitaria de la AMIA en Buenos Aires en1994, pasando por diversos ataques a judíos en colegios y sinagogas en Francia, los judíos son siempre un objetivo político legítimo por su vínculo con el sionismo y con Israel.

Una tendencia sociológica adicional nos permite comprender mejor los cambios en la forma de comprender los orígenes del sionismo. Si los horrores de la Segunda Guerra Mundial dejaron en evidencia el fracaso de la integración de los judíos en las sociedades europeas, a contar de mediados del siglo XX, en el caso de Estados Unidos los judíos sí comienzan a tomar posiciones de liderazgo incluso en espacios donde aún no eran aceptados del todo (Fermaglich 2018).4 Progresivamente, los judíos dejan de ser percibidos como una minoría étnica sujeta a las formas de discriminación y prejuicio que afecta ahora “únicamente” a negros o latinos en Estados Unidos o a migrantes asiáticos, africanos o musulmanes en Europa. Por el contrario, por primera vez en su historia, los judíos en diversos países de occidente comienzan a ser percibidos como un grupo étnicamente “blanco”.

En épocas pasadas fue la persecución teológica de los judíos debido a su deicidio. Durante la ilustración fue el desprecio a los judíos como obstáculo para el progreso moral. En los siglos XIX y XX, fue la exclusión de los judíos de las comunidades nacionales porque pertenecen a una raza dañina e inferior. En el siglo es la deslegitimación política y moral de los judíos producto de su complicidad con un estado genocida.

V.

Llegamos finalmente a la acusación que genera estás reflexiones: el estado de Israel viene cometiendo desde hace varias décadas, y con mayor intensidad a contar de los ataques terroristas de Hamas el 7 de octubre de 2023, un genocidio contra los palestinos. En un sentido literal, por supuesto que la acusación podría tener asidero: los estados modernos siempre tienen la capacidad, si encuentran “justificaciones” y movilizan sus recursos, de realizar actos atroces contra poblaciones civiles (Spencer 2012). Los exterminios de pueblos originarios en América Latina son un ejemplo, entre tantos, de esa naturaleza. En una situación de conflicto donde un estado tiene de manera evidente más recursos y tecnología para atacar militarmente a otro grupo, la posibilidad está latente de que una situación de exterminio esté teniendo lugar. Si retomamos la reconstrucción de las dos versiones de la historia del sionismo que hicimos en la sección IIII, es razonable plantear la siguiente disyuntiva: ¿vamos a explicar la conducta del “estado judío” como un estado más, un estado como cualquier otro, o vamos a explicar su conducta atribuyendo estereotipos antisemitas? El primer camino, me parece, es el correcto, pero lamentablemente el segundo es el más expandido, como lo demuestra las declaraciones del presidente Lula.

La primera forma de enfrentar el asunto es, me parece a mí, lo que hizo la Corte Penal Internacional. Con toda razón, la Corte le recordó a Israel su obligación frente al derecho internacional de tomar todas las acciones necesarias para evitar un genocidio. Es responsabilidad de todos los estados – más aun los estados que han ratificado la convención internacional contra el genocidio, entre los que se encuentra Israel – de tomar todas las medidas necesarias para evitar su ocurrencia. Por supuesto, este es solo un pronunciamiento preliminar y en un futuro la corte podría fallar en contra de Israel y encontrar que un genocidio tuvo lugar. La corte podría encontrar evidencia de que el estado de Israel tiene una política explícita, sancionada al más alto nivel, que tiene como objetivo la eliminación de los palestinos como grupo humano. Podría ser el caso que haya dotado a agentes del estado con recursos destinados explícitamente para ese fin y puesto en marcha una cadena de acciones comunicacionales para desviar la atención de la comunidad internacional mientras implementa esa política genocida. Podría ser, pero es realmente muy difícil que pueda hacerse un caso jurídicamente robusto de genocidio: por un lado el conjunto de la comunidad internacional está mirando con lupa lo que sucede en la región; por el otro, en Israel hay cerca de un 10% de la población de origen palestino, con sus propios partidos y representación parlamentaria, a la vez que el país cuenta con un sistema político, de medios de comunicación y judicial pluralista e independiente.

Ya desde su inicio, y por desproporcionada que a uno le pueda parecer la respuesta de Israel, las acciones militares actuales son resultado de un acto de agresión contra población civil dentro de su territorio. Pero la acusación de que Israel está cometiendo genocidio proviene y refuerza las concepciones e ideologías antisemitas de que los judíos son mentirosos, parásitos y que, como pueblo “elegido” se creen y actúan como “superiores” al resto de los grupos humanos. La función retórica básica de la acusación de genocidio contra Israel es destacar que, si los judíos fueron víctimas del genocidio nazi, y el propio concepto jurídico de genocidio tiene su raíz en los juicios contra los jerarcas Nazi por su rol en el exterminio de los judíos de Europa, entonces nadie debió haber aprendido esa lección horrible mejor que ellos. La afirmación del presidente Lula de que Israel se comporta con los palestinos como los nazis lo hicieron con los judíos es una afirmación antisemita en primer lugar porque “normaliza” los crímenes nazis durante la Segunda Guerra Mundial haciéndolos comparables con cualquier conflicto donde hay un alto número de víctimas civiles. Pero hay una implicación aún más insidiosa de ese argumento y quienes niegan la veracidad histórica del holocausto la han venido pregonando por décadas: por supuesto que los judíos dicen haber sufrido el holocausto, pero hay dudas de si el holocausto realmente sucedió o al menos ha sido tremendamente exagerado. Los judíos no aprendieron las lecciones del holocausto porque no hay lecciones que aprender de una persecución que no tuvo lugar: los judíos se aprovechan, con mala fe, de esa condición de víctima en el pasado para cometer en el presente todo tipo de atrocidades (Di Cesare 2021). Sea cual sea la explicación elegida, la conclusión es siempre la misma: una demostración que los judíos son “realmente” así como los antisemitas los describen.

Dado que tiene criterios jurídicos menos exigentes, Israel sí podría ser encontrado en haber fallado en su responsabilidad de cuidado para con la población civil. La situación es muy seria y así debe tratarse: el sufrimiento de esa población civil es real, las víctimas son reales, la responsabilidad política y penal de los responsables también es real.5 Pero a los críticos no les interesa hacer esa demanda contra Israel justamente porque no resuena con el conjunto de códigos y estereotipos antisemitas que hemos venido revisando.

A muchos no has parecido que la reacción de Israel ha sido desproporcionada incluso frente a un acto de defensa contra un ataque terrorista en su territorio, que el número de víctimas civiles es extremadamente alto, que algunas declaraciones de líderes políticos en Israel no tienen lugar en una sociedad democrática. Pero la acusación de genocidio implica, por un lado, afirmar algo que no hay evidencia de estar ocurriendo– la existencia de una política deliberada de destrucción de un pueblo como pueblo – y, por el otro, reforzar el prejuicio antisemita de que no se puede esperar otra cosa de Israel, justamente, porque es unestado judío.

Notas

1 Ver https://www.cnnbrasil.com.br/politica/entenda-o-que-lula-falou-sobre-holocausto-e-israel/

2 Esa acusación sólo se rertiró del catecismo oficial de la Iglesia con el Concilio Vaticano II en 1964. Los judíos de esa época son aun, oficialmente, los responsables de la muerte de Jesús, pero la culpa ya no recae en las generaciones futuras. El resto de las construcciones teólogicas antisemitas – hijos de satánas, condena al infierno sufrimiento como castigo divino en razón del deicidio – siguen doctrinalmente vigentes (Goldhagen 2003).

3 Sobre Marx y la cuestión judía, ver Fine y Spencer (2017); sobre Nietzsche y los judíos, ver Yovel (1998); sobre la explicación de Freud sobre el antisemitismo en relación con la historia del Moisés, ver Chernilo (2023).

4 Las cuotas para restringir el ingreso de judíos a las universidades de elite de ese país se mantuvieron hasta entrada la década de 1950. Ver el excelente podcast Gatecrashers https://www.tabletmag.com/podcasts/gatecrashers

5 Vale notar que los terroristas de Hamás que cometieron los atentados del 7 de octubre son inimputables por sus crímenes bajo el derecho internacional porque no son agentes de un estado.

Referencias

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Daniel Chernilo es profesor Titular de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Chile. Entre sus publicaciones destacan A Social Theory of the Nation-State (Routledge, 2007), Nacionalismo y Cosmopolitismo (UDP, 2010) y Debating Humanity. Towards a Philosophical Sociology (Cambridge UP, 2017).


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