El nuevo escenario geopolítico de 2026 dio otra vuelta a las ya complejas tramas de agresión y violencia con las que convive a diario América Latina. Este escenario me llevó a solicitarle a Gabriel Restrepo una reflexión renovada sobre su proyecto de una Ruta liberadora por la paz, la educación, la cultura, la ciencia y la sabiduría, lo que hizo con la velocidad hercúlea a la que estamos acostumbrados.
Publicamos hoy, pues, sus reflexiones en torno a una Nueva ruta liberadora por la paz, la educación, la cultura, la ciencia y la sabiduría: utopía no distópica en favor de democracias libertarias y solidarias, a las que seguirán publicaciones de comentarios a la novela Marrano Congo. Anima Scripta (Ateliê de Humanidades Editorial / El Buho Solar, 2025), recientemente publicada en Bogotá.
Como siempre, ¡les deseo una excelente lectura!
Fios do Tempo
5 de febrero de 2026
André Magnelli
Livros de Gabriel Restrepo
-
Marrano Congo. Anima Scripta – AbeceDiario Alfa (Gabriel Restrepo)
R$120,00 -
Los cuatrocientos golpes: aforismos en clave de sentisapiencia, de Gabriel Restrepo
O preço original era: R$92,00.R$84,00O preço atual é: R$84,00.
Nueva ruta liberadora por la paz, la educación, la cultura, la ciencia y la sabiduría
Utopía no distópica en favor de democracias libertarias y solidarias
Santandercito, San Antonio del Tequendama, 20251218 a 20260106
Dedicado a André Magnelli y al Atelier de Humanidades en la fiesta de los dones, epifanía del nuevo año.
El proyecto de la Ruta liberadora por la paz, la educación, la cultura, la ciencia y la sabiduría ha sido concebido y ha madurado desde el año 1989 en solitario, sin ningún respaldo institucional, fruto de la angustia por certificar que las violencias y los infantilismos políticos roban las energías colectivas. De mi experiencia como Jefe de Unidad de Desarrollo Social y asesor de subjefatura y jefatura (1982 a 1990) y de mi interés sumo por la historia, me obsesioné por articular pasado y futuro en un presente enriquecido con proyecciones que rozaran la utopía posible y probable, ajenas a los absolutismos usuales.
Elegí el ámbito de la educación porque el destino personal me obligó en la infancia desde los dos años a ser responsable de la subsistencia de mi hermano mayor en un año, afectado en su desarrollo por una anoxia en parto casero descuidado. Andando decenios encontraría que esa experiencia traumática evocaba las controversias decimonónicas entre partidarios de la herencia o del medio ambiente, como también el motivo del nacimiento de una de las fuentes de la psicología con las mediciones de Binet sobre el coeficiente de inteligencia.
En 1976 me entusiasmaron las dos utopías del renacimiento consagradas a la educación (Tomás Moro) y a la ciencia (Bacon). Como profesor de sociología en la Universidad Nacional de Colombia desde 1970, mi consagración a enseñar la teoría de Talcott Parsons y la traducción de su Autobiografía Intelectual en 1977 con su visión de que la educación es el proceso más revolucionario del siglo XX, me afirmaron en la importancia de dedicar mi proyecto a la educación, la ciencia y la cultura.
El tema de la sabiduría obedece a mi indeclinable espiritualidad, avivada en estos últimos años por ser introducido en el budismo Vipassana por mi hijo menor, Gabriel Arturo Restrepo Bulla.
Las efemérides de los bicentenarios de las independencias políticas fueron ocasión para aguzar una mirada retro-prospectiva y comparativa en torno al papel de la educación y la cultura en América Latina, aunque las celebraciones oficiales o contestatarias en 2010 y en 2019 fueran demasiado superficiales o incluso ridículas.
Ello obligó a un sacrificio personal de sumo riesgo por remontarme a las fuentes temporales y espaciales de los principios de la nacionalidad durante siete años, de 2016 a 2023, por la decisión de radicarme en Arauca donde se encontraron las huestes de Bolívar y de Santander para ascender a los Andes y librar las batallas decisivas de emancipación de seis estados nacionales de América Latina.
Sólo que, como si fuera una suerte de karma histórico –en realidad el peso de un destino fatal–, en la misma frontera de la Orinoquía colombo-venezolana se libra con fiereza el dilema de guerra o de paz, incluso binacional. Por fortuna, allí encontré al mejor amigo y aliado del proyecto, Pavel Eduardo Rodríguez Durango, con quien organizamos el único encuentro latinoamericano de rememoración del Congreso de Angostura, inaugurado por Simón Bolívar el 15 de febrero de 1819, primera asamblea de los pueblos, en la cual Bolívar enunció con diamantina claridad el dilema de los futuros estados, entonces sólo existentes en la idea.
***
El discurso es la mejor pieza oratoria de Bolívar, superior sin duda a la que pasa como más popular, la Carta de Jamaica, escrita en 1815, aunque sigue algunos de los grandes trazos de ella, como son las dificultades insuperables de definir una forma estable de gobierno y el inmenso problema de saber qué legitimidad asiste a quienes, por ser extranjeros de corta o de mediana data, los criollos –a quienes denomina como “una especie intermedia”– no son los titulares de los derechos legítimos a tierra y gobierno, con la desventaja evidente de disputarlos tanto a la corona, como a los nativos (uno de tantos olvidos, en la Carta de Jamaica y en el Discurso de Angostura es ignorar el drama de la población negra).
En el Discurso son más complejos los razonamientos en torno a la angustia por hallar una nueva forma de gobierno avenido a la ausencia de experiencia en la administración pública (ésta la gran diferencia con la independencia progresiva de Brasil al servir la colonia como sede del imperio) y a la turbulencia de las pasiones y dilemas políticos: si centralismo o federalismo, si monarquía o regímenes parecidos como las dictaduras, o democracias más radicales o laxas. Porque desde los albores infantiles de las independencias desde 1810 fueron evidentes las disputas de los criollos por la forma de los nuevos gobiernos, disputas con frecuencia libradas por querellas armadas. Se cumplía, al parecer, esa burla de James Joyce expuesta en Finnegans Wake cuando advertía del paso de una taradition (incluso, como yo varío, una taradiction, una tradición tarada) a una demoncrazy: una democracia como locura de los demonios.
Ahora bien, lo inédito en el Discurso de Angostura es un razonamiento magistral por su audacia y originalidad, debido a un giro inédito para formular la educación pública como el principal proyecto político. En su argumentación acude a sus dos luminarias, Montesquieu, con la exigencia de la división e interdependencia de poderes públicos, y a Rousseau, al resolver el tema de la voluntad general del ginebrino mediante una asombrosa ecuación: la soberanía política reside en la educación del soberano, esto es: del pueblo.
Estas dos dimensiones y faros, Montesquieu y Rousseau, se aproximan en el hilado del Discurso de Angostura. Con el presentimiento de la próxima y decisiva victoria, a menos de seis meses del encuentro en el confín remoto de Angostura en el lejano Orinoco (hoy Ciudad Bolívar), Simón Bolívar formula una profecía escalofriante, para derivar de ella una profunda lección de abismo. Pueblos levantados en armas durante muchos lustros, y en ocasiones bajo la ley sin ley de la guerra a muerte, si vencieren al enemigo externo, los españoles– como se presiente–, de no mediar algún remedio entrarían muy pronto a querellar entre sí, como si las guerras fratricidas fueran el resultado de una fatal inercia.
Ironías de la historia, poco después los Estados Unidos enunciarían la doctrina Monroe, simplificada en una sinécdoque espuria: “América para los Americanos”. Reitero que se trata de una sinécdoque espuria, pues la parte, los Estados Unidos, se toma y figura como el todo, el continente americano. Pero por propia incuria, hoy sucede que pareciéramos representar la tragedia de Hamlet: que algo podrido huele en Dinamarca –léase América Latina– y que la violencia recíproca o las deficiencias sumas de estados fallidos despiertan la codicia y la intervención de una potencia extranjera. No hay Horacios que valgan con su sabiduría para sofrenar las pasiones y las querellas intestinas.
Y tras esta trágica profecía, Bolívar expuso con muchos circunloquios su idea para un salvamento de la tragedia prevista. Admirado él mismo por lo absolutamente inédito de su propuesta salvífica, la enunció como el imperativo de constituir la educación como un cuarto poder público, destinado a la formación moral de la ciudadanía, lo que Hegel nombraba entonces como exigencia de una eticidad acrisolada por ser la quintaesencia suprema del espíritu de un pueblo.
Ni antes, ni entonces, ni luego, nadie se había atrevido a formular semejante posibilidad, pese a que, por citar un ejemplo, Talcott Parsons acertó al sostener que luego de las revoluciones religiosas y políticas de los siglos XVI a XVIII, lo propio del siglo XX era la revolución educativa, acompasada por las cada vez más potentes revoluciones científicas y tecnológicas.
Precedente de esta inédita y revolucionaria alianza de educación, cultura y ciencia fue en Estados Unidos la figura arquetípica de Henry Adams (1838-1918). Descendiente directo del segundo y del quinto presidente de Estados Unidos, historiador del medioevo y de los padres fundadores, novelista, convertido al catolicismo, alcanzó su cumbre con su obra magna: La educación de Henry Adams. No sobra advertir que bajo su abuelo Adams, fue cuando el secretario de Estado de éste, Monroe, formuló la famosa e infausta doctrina de “América para los americanos”, misma que sería sellada en la segunda mitad del siglo XIX con el signo del destino manifiesto y potenciada con el creciente poderío de la marina y con el designio de ocupar a Panamá –entonces provincia colombiana– para facilitar su traslado de un océano a otro: escalofriante tendencia hoy corroborada por la presencia de la armada de los Estados Unidos en las costas del Caribe venezolano y en la vigilancia del Comando Sur de las aguas del Pacífico.
Así que por algo se dice que los fantasmas de la historia cobra vida de cuando en cuando.
En su libro clásico, Henry Adams expuso la épica de su existencia, compendiada como una tremenda lucha por apropiar los conocimientos derivados de la revolución industrial del XVIII y de la revolución eléctrica del XIX. El principio que constituye el motor de tanta sabiduría es de una sencillez admirable: aprender a aprender como signo de creatividad es equivalente a aprender a desaprender, por erradicar los prejuicios arraigados. En ello, Adams sigue con admirada gratitud a su maestro a distancia, Rousseau, y despeja el horizonte axiológico y epistemológico de un pragmatismo complejo, en el cual se vierte lo mejor de las tradiciones empiristas inglesas e idealistas franco-alemanas, sin la rémora de feudalismo y de escolástica.
Empero, una comparación sirve para medir la distancia entre lo alcanzado en los Estados Unidos en el plano de la socialización cultural y educativa y lo que pudiera mencionarse como análoga inclinación en Colombia en una época semejante.
En su Historia de un alma, el jurisconsulto y político de la Nueva Granada José María Samper (1828-1888), figura crucial en la tradición del derecho constitucional de Colombia y predecesor de una dinastía de figuras políticas y culturales, también se inspiró en la estampa de Rousseau de modo explícito, como tantos románticos. Su libro se deja leer con agrado, pues, como Adams, el autor era polifacético y versátil, pero en el Nuevo Reino de Granada la lectura desciende a las llanuras de las trapisondas estudiantiles y políticas, y escasamente se redime de esa atmósfera tan apabullante de duración republicana: querellas estudiantiles y de partidos, una atmósfera que siempre está contaminada por la proximidad de la violencia o de la guerra, debido a la imperfección de la democracia, tan vaticinada por Simón Bolívar, quien, pese a sus propios avisos, cumplió el veredicto fatal que Freud describió como “el que fracasa al triunfar”.
Pues, justamente, este mal era cuanto preveía remediar la propuesta de Simón Bolívar de constituir la educación como cuarto poder público consagrado a la formación de la moralidad de las nuevas repúblicas, lo que puede traducirse como formación de la con-ciudanía, concepto que alude a ese vínculo social que denominamos como solidaridad luego de Durkheim.
Vale la pena trazar una breve genealogía simbólica de lo que significó la aparición del concepto de solidaridad. Todo deriva, por supuesto, de la trinidad axiológica formulada en ese terrible parto de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Sólo que hay un problema crucial: libertad e igualdad son casi un oxímoron, se definan como se quiera: a mayor libertad, menor igualdad, y viceversa.
Se suponía, entonces, que la fraternidad sería la mediación para nivelarlos. Pero las guerras napoleónicas demostraron que las fraternidades francesas se acuchillaban con las fraternidades alemanas, rusas o austríacas, en la era del despertar furioso de los nacionalismos. Además, la fraternidad es un concepto biológico, a diferencia de la índole abstracta de la libertad o la igualdad.
Vista desde lejos, la propuesta de Simón Bolívar lucía formidable: como poder público, la educación sería asunto del Estado y no de los gobiernos, que además suelen ser, salvo excepciones, incompetentes como pedagogos o maestros (excepto figuras como Sarmiento o Vasconcelos, entre otros). Y además la educación es, como los bienes de capital, asunto de tan alta complejidad que demanda encadenamientos y sincronización de múltiples factores.
Pero ¿qué ocurrió con la propuesta de Simón Bolívar? La respuesta es sencilla y espantosa: quedó suspendida en el aire. O, como suelo repetir: quedó congelada en la Laguna del Soldado, donde en el ascenso a los Andes fueran arrojados los cadáveres de al menos cincuenta de los 600 indígenas makaguanes que formaban un contingente de patriotas al mando de un cura dominicano, Fray Ignacio Mariño y Torres, aliado del General Santander, denominado “ejército de la niebla”. Y en cuya memoria realizamos el encuentro del bicentenario en la Biblioteca Pública del municipio de Tame que lleva con orgullo el nombre del Teniente Coronel Mariño.
***
Al adoptar como propio el proyecto utópico no mesiánico de Simón Bolívar –con muchísimas enmiendas–, me he enfrentado a un grave problema del esclarecimiento del inconsciente histórico más profundo: el de por qué olvidamos un hito crucial en estos tiempos de nacimiento de la idea de formación de nuevos Estados independientes. Porque la idea de Bolívar murió al nacer, pero configura lo que Jacques Derrida denomina con un término francés de los sistemas de correspondencias: “lettres en souffrance” (cartas en sufrimiento), término que designa cartas que alguien ha enviado a un destinatario, pero que nunca llegan a él, pese a lo cual se sabe que existen, pero se han perdido en algún lugar no sabiéndose dónde ni por qué.
Alguna risa me suscitan los ejercicios mántricos de algunos individuos formados en el Tarot o en la astrología cuando echan o adivinan en las cartas el destino de naciones o de personas, en este caso el significado del 20 de julio de 1810 (Grito de Independencia) o 7 de agosto de 1819 (Batalla de Boyacá). Porque si hay una carta de destino, inmanente y no trascendente, ontológica y no supersticiosa, ésa está toda contenida en el discurso de Bolívar en el Congreso de Angostura: el único modo de adueñarnos de nuestro destino, la clave de la soberanía, radicaría en la educación ética del soberano, el pueblo.
Es por supuesto obvio que la idea de Bolívar sería de muy difícil ejecución en aquel tiempo, pues demandaría inmensos recursos, no sólo financieros, sino de un capital cultural y humano que, o no existía, o había sido menguado por las contiendas con el sacrificio de una generación de criollos ilustrados.
Pero se hubiera podido comenzar por algo para marcar un camino. Y que no se hiciera se debe en mi juicio a la inercia y automatismo del papel de los ejércitos en la formación de las repúblicas. Todavía restaban cinco años de grandes batallas para librar al Perú y a la América Latina del yugo español. Pero el espíritu de los cuerpos militares seguiría presidiendo la marcha de los nuevos Estados. Estudios empíricos demostrarían, si se hicieran, que los canales más favorecidos de movilidad social ascendente provenían y provendrán entonces y hasta muchísimo tiempo después de los ejércitos regulares o irregulares, y no de la educación.
Pero es que del proyecto de Bolívar no quedó ningún rastro. Pareciera que se hubiese olvidado entre los desfiles militares, las espumas de champaña y las danzas de las polkas. Señalo un factor que no ha de olvidarse: en el fondo, el discurso de Bolívar era inspirado en su maestro Simón Rodríguez, aunque este no hubiera retornado de Europa a América Latina. Pues respondía a algunas sentencias muy reiteradas en los escritos del maestro de Simón Bolívar: “o inventamos, o erramos”; y una reiterada queja: “aquí se han formado repúblicas sin ciudadanos”, una denuncia que un lector juicioso del precioso ensayo de Borges hallará presente en las páginas de Historia del Tango, a más de siglo y medio de distancia, en donde el lector deduce de tan bellas líneas que Borges indica que en Argentina hay habitantes, pero no ciudadanos, pues a estos les son ajenos conceptos abstractos de ley, derecho, ciudadanía, Estado, ya que priman las nociones próximas de familia o amistades.
Pero es que, como he narrado en una especie de cuentos para niños, en parte la tragedia de naufragio del proyecto de Miranda, la Columbeia, como el de la Gran Colombia, de Bolívar, obedeció a lo que he denominado como aventuras y desventuras de los cuatro simones: érase un niño que al quedar huerfanito de madre y padre fue encomendado a un tutor que, pese a ser joven y huérfano, asumió la tarea de formarlo, lo cual hizo con el libreto de un tercer huerfanito: estos fueron Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Jean Jacques Rousseau, a quienes se debe la energía para la creación de seis patrias.
Pero de esta historieta se sigue otra muy triste, la de los cuatro simones. Unidos Simón Bolívar y Simón Rodríguez, o sus equivalentes: el saber del poder y el poder del saber, se genera una sinergia que produjo inmensos saltos en vida de ellos y luego en algunos episodios escasos, pero grandiosos. Separados, un Simón en el norte escapando a Europa desengañado de las revoluciones; el otro vagando de escuela en escuela en el sur, despreciado por Sucre, el mariscal favorito de Bolívar, se engendrarán otros dos simones, ambos perversos: Simón el Bobito, significando con ello tantas guerras fratricidas, más el cuarto Simón, la simonía, nombre que a partir de Simón el Mago, narrado en Los Hechos de los Apóstoles, define formas de corrupción de dineros sagrados.
En lugar de asumir el reto de crear nuevos modelos de educación, Bolívar y Santander adoptaron el propuesto por el cuáquero inglés Lancaster. Pese a alguna bondad derivada de la enseñanza mutua, la educación seguiría la inercia de la instrucción destinada a producir siervos mentales, en lo cual no ha variado en esencia desde entonces. Porque en el fondo del subconsciente profundo de América Latina seguimos en un círculo vicioso la tragedia de un maximalismo de las creencias encarnado en el Catecismo de Astete de 1599 (350 falsas preguntas para asegurar los dogmas, o en otros similares, escritos o no escritos, como el marxista de Martha Harnecker) y en un minimalismo de la ética tipificado por la Urbanidad de Manuel Antonio Carreño de 1852, una caracterizada por la agorafobia (miedo a la plaza) y porque al reducir la ética a etiqueta y la moral a la moralina nos ha impedido elaborar una ética pública y otra privada para regular los conflictos sociales.
***
Hoy sería inconducente aspirar a que la educación se erija como cuarto poder público. Hay ya muchos intereses territoriales y gremiales que harían imposible el cambio de modelo, incluso porque en Colombia, por ejemplo, ya se ha elevado el porcentaje de recursos de la nación destinado a educación y a otros servicios sociales en los territorios.
Y no obstante, sí cabría inspirarse en el reclamo de Bolívar en su Discurso Inaugural para ensayar novísimas y grandes estrategias que apunten a elevar en forma radical los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Como muchos han apuntado, la desigualdad tan grave de América Latina y la recurrencia de conflictos menudos y grandes en nuestras naciones obedece en buena medida a deficiencia de la calidad de la educación, hoy en mayor medida que a problemas de cobertura.
Por haber trabajado al menos en dos décadas en la evaluación de la educación, estimo que la sustitución del paradigma de la inteligencia por el de las competencias, producido desde los años setenta, ha llegado a un límite de sus posibilidades de mejora, si se observan con detenimiento los resultados de las pruebas PISA. Entre otras razones, porque se ha confundido el instrumento de medida con la evaluación, misma que demanda una visión más compleja (autoevaluación, evaluación conjugada en todos los pronombres). En el mundo y con peor manera en nuestros países, los rituales burocráticos, tan prolíficos como los católicos y escolásticos en el medioevo, con frecuencia sofocan la creatividad y llegan a producir una mediocridad masiva.
Así que inspirado en el Discurso de Bolívar y animado porque Pavel Eduardo Rodríguez Durango haya tomado el pensamiento de Simón Rodríguez para exaltar en su tesis doctoral de pensamiento complejo su vigencia, he ensayado desde hace muchísimo tiempo bosquejar distintas variantes para lo que he denominado como Nueva Ruta Liberadora (no libertadora para evitar la asociación con las armas) por la paz, la educación, la ciencia, la cultura y la sabiduría.
No se trataría de erigir un cuarto poder público, sino de establecer una inmensa corporación mixta, la cual reúna grandes aportes, mitad del Estado (en todos sus poderes y en todos los niveles territoriales) y la otra mitad de la esfera civil, incluso de individuos y de familias, para constituir acciones educativas por la paz, acompañadas de un acto inicial de una destinación de acciones de un millón de pesos para cada ciudadano destinadas a educación, no transables sino hasta el quinto año por favorecer su ahorro y capitalización, luego del cual será transable sólo en el ámbito de los temas de la Nueva Ruta.
Todo lo anterior demanda abrir la mente a una novedad: si se cree en el capital humano, el capital social y el capital cultural, ¿por qué no han de ser representadas estas acciones en las bolsas mundiales, incluso con la posibilidad de acceder a donaciones y a capitales extranjeros, en una filosofía que admita con pleno asentimiento que el mayor trust, la mayor confianza, siempre radicará en enriquecer a quienes trabajan, laboran y crean?
Durante mucho tiempo me he esforzado porque este proyecto sea tan profundo y generoso que se pueda predicar de él que será por igual neo-comunitario, neo-liberal, neo-comunista, neo-religioso, neo-anarquista. Porque los recursos estarían encaminados a favorecer la integración profunda de la ciencia, las artes, la cultura, la ética, en la educación desde las bases de los municipios, y todo ello con enorme dedicación a complementar los esquemas de evaluación con los de transferencia de experiencias pedagógicas exitosas entre escuelas y colegios.
Deberíamos como región experimentar un cierto orgullo porque Simón Bolívar en magnífica intuición logró resolver, como lo hará Durkheim a finales del siglo XVIII, la aparente aporía encerrada por la visión de Montesquieu (la división del poder como premisa de la democracia) y Rousseau (la unidad del poder en la voluntad general), los dos que fueran objeto de su tesis doctoral, y con ello erigiera el concepto de solidaridad como el vínculo áureo entre los ideales de igualdad y de libertad.
Y debemos también sentirnos orgullosos de los esfuerzos épicos de Simón Rodríguez por su tremenda revolución pedagógica, antropológica, etnográfica, filosófica y psicológica que constituyeron una nueva epistemología, cuya actualidad será develada por Pavel Eduardo Rodríguez Durango en su tesis doctoral. Ello prueba que tenemos la semilla de la universalidad si partiendo del respeto de nuestras tradiciones las engrandemos con la herencia recibida de todas las latitudes.
Pero no nos engañemos: todo ello demanda esfuerzo sumo, perseverancia, dedicación casi monacal de vidas enteras. Doy un ejemplo de lo que pudo ser y no fue por incuria: hacia 1996 escribí cuando era columnista de UN Periódico, un artículo en tamaño doble que titulé: “Proyecto de la Universidad Nacional Alpha y Omega”. Proponía seleccionar a cerca de cincuenta de los mejores bachilleres en Colombia que manifestaran y demostraran que poseían vocación por dedicar toda su vida a la misión de ser maestros de maestros de educación primaria y secundaria, para formarlos como un semillero de calidad con financiación total del pregrado al doctorado, cuidados y formados como un colegio invisible en potencia, para proyectarlos luego en la mejora de la educación básica y secundaria. El artículo no fue publicado y se suspendió sin aviso mi participación como un columnista habitual. Según mis sospechas, se pensó que yo aspiraba con tal propuesta a ser rector de la Universidad Nacional, algo que nunca se me ha ocurrido. Hoy a distancia de 30 años, lamento que no se hubiera optado por formar tal colegio invisible que en dos décadas habría cambiado la atmósfera de la educación primaria y secundaria. En su lugar, la universidad se dedica a juegos traviesos de formación de activistas, entretenida en una neoescolástica asamblea constituyente, para revivir experiencias ya fracasadas de autogobierno.
¡Qué distinto fue el camino de la educación francesa! Vuelvo a pensar en Durkheim, quien dedicara los cuatro últimos lustros de su vida, hasta su muerte en 1917, a impartir cursos en la Sorbona articulados a su libro L´éducatión morale (Presses Universitaires de France, 1934, novena edición en 1963). Allí reflexionó a fondo y en extensión en torno al concepto de solidaridad: con la exigencia impuesta por la crisis europea de fin de siglo y la decisión francesa de erigir la educación como proyecto laico y público, casi como un cuarto poder público, desglosó bajo el concepto de solidaridad todo cuanto Kant había cobijado en su Crítica de la Razón Práctica: la voluntad; la tensión entre libertad y necesidad; la contraposición casi insalvable entre la autonomía de la voluntad regida por la razón y la heteronomía de la voluntad determinada por la sensibilidad; el deber y la libertad; la obligación; la responsabilidad; la tensión entre el afecto nacionalista y la obligación cosmopolita – en suma, la resolución de aquel sumo misterio que Kant cifraba en un oxímoron derivado de las dos postulaciones antípodas de los dos siglos precedentes: Gesellige Ungesseligkeit, sociabilidad (Rousseau) insociable (Hobbes).
Y tal camino paradójico, equilibrado y sorprendente, fue ideado por Kant y repensado por Durkheim sin caer en las tentaciones de resolver las contradicciones en una dialéctica progresiva del espíritu que de la eticidad prusiana derivará en el nazismo y otra dialéctica de la sociedad que del socialismo y del comunismo desembocará en los gulags.
Pues de lo que se trata es de repensar una educación para la democracia y una democracia para la educación.

GABRIEL RESTREPO (Bogotá, 1946) es sociólogo y profesor asociado de la Universidad Nacional, ya pensionado. Autor de “Los cuatrocientos golpes: aforismos en clave de sentisapiencia” (Ateliê de Humanidades Editorial, 2023).Fue por un tiempo vicepresidente ad honorem del Instituto Alter Forum de Estudios del Sahara, Al Andalous. Fue presidente y vicepresidente en distintos periodos de la Asociación Colombiana de Sociología. Ha publicado más de 40 libros y de 140 ensayos en ciencias sociales y letras. Fue ganador de un concurso internacional de ensayo convocado en honor de los 88 anos de edad de Edgar Morin, quien presidió el jurado. Es el autor de una Teoría Dramática y Tramática de las Sociedades (que viene desarrollando desde hace muchos decenios) y de una obra de teatro. Cuenta con doce libros de poesía, tres de los cuales fueron finalistas en el concurso mundial de poesía mística convocado por la Fundación Fernando Rielo de España. Lleva diarios desde el año 1963.. Correo electrónico: garestre@gmail.com.
Catálogo do Ateliê de Humanidades Editorial



Deixe uma resposta