Pontos de leitura. “Marrano Congo, Anima Scripta”: una novela-umbral – Pavel Rodríguez

Hoy publicamos en Pontos de Leitura el brillante discurso inaugural de Pavel Rodríguez del conversatorio sobre de la novela Marrano Congo, Anima Scripta, de Gabriel Restrepo, ocurrido en 28 de novembro de 2025 como parte del I Seminário Internacional de Filosofía, Ciencias Sociales, Cultura, Artes, Letras y Educación, en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) (Bogotá, Colômbia). El discurso también está disponible en formato audiovisual.

El libro Marrano Congo, Anima Scripta es editado por el Ateliê de Humanidades Editorial con coedición de El Búho Solar (dirigido por Pavel Eduardo Rodríguez). Se puede adquirir en Brasil en el sitio web del Ateliê de Humanidades y, en Colombia, a través de Gabriel Arturo Restrepo Bulla (whatsapp 3016227686).

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Marrano Congo, Anima Scripta:
una novela-umbral

Pavel Rodríguez

Distinguidos colegas y amigos, es un gusto abrir este conversatorio dedicado a una obra que desborda cualquier clasificación fácil y que, más que una novela, parece un umbral. Me refiero a Marrano Congo. Anima Scripta, un texto metaficcional, filosófico y simbólico que nos invita a descender, sin concesiones, al inframundo del lenguaje, de la memoria y de la identidad. Desde su arquitectura inicial, la obra se erige como un juicio: los personajes, arrancados de los moldes tipográficos, se sublevan contra su propio autor, AbeceDiario Alfa, para someterlo a una condena que se encubre bajo la forma de un suicidio fingido. Esa inversión, casi ritual, marca la tónica del libro: el autor se convierte en acusado, el lenguaje en juez, la ficción en territorio de confrontación.

Apenas comenzamos a leer, la novela se abre como una excavación arqueológica del alma. Allí surgen infantes espectrales embalsamados, figuras que recuerdan a Narciso y a Eco, a Hermes y Afrodita; progenitores momificados, linajes que se repliegan sobre sí mismos, y un universo simbólico donde la lengua opera simultáneamente como cripta y como llave, como condena y como posibilidad. La escena inaugural es una cripta donde los niños –sabios tontos, viejos infantes– asisten en silencio, a la espera de ser redimidos por un soplo del espíritu, entendido aquí como el núcleo mismo del lenguaje.

El narrador–autor desciende, entonces, por una escalera alfabética en forma de caracol. Cada peldaño es una letra y, al mismo tiempo, un destino. Allí se despliega una genealogía del idioma que recorre las resonancias fúnebres de la F, el carácter ambivalente de la M, el espesor ontológico de la O y la R, y la paradoja del Y/O, esa franja de tensión entre el yo que afirma y el yo que se disuelve. El alfabeto deviene vía iniciática: mito, filosofía, psicoanálisis, alquimia y teoría del lenguaje se entrelazan para conducir a quien lee hacia un territorio donde las fronteras entre sujeto y palabra se desdibujan.

Los personajes no son meras voces: son fuerzas. Lucinda, la secretaria que en notas al pie refuta a su propio autor. Cinderella, una filósofa–maga que lee el tarot con ironía y lucidez. Odette, Perséfone y Violeta, figuras de la cripta y del juicio final. Todos ellos encarnan tensiones fundamentales: el deseo inconfesable del que habla Agamben, el terror del yo fragmentado, la persistencia de lo no dicho. La novela se vuelve, así, un espejo quebrado donde la identidad se multiplica en destellos imposibles de recomponer en una única imagen.

En paralelo, Marrano Congo desarrolla un viaje autobiográfico hacia los orígenes: la infancia en sombras, la genealogía paterna que incluye al abuelo poeta del Cartucho, la experiencia del deseo, la enfermedad mental, los márgenes de la ciudad, la lengua como prisión y como salvación. Todo ello se articula en un relato que es a la vez autobiografía cifrada, poética del lenguaje y reflexión sobre el oficio de escribir. Lévy decía que un escritor es una guerra civil; esta novela parece confirmarlo en cada página.

Al leerla, comprendemos que estamos ante una máquina simbólica. No solo pertenece a la tradición de las novelas–laberinto, de Borges o Joyce, sino que radicaliza su apuesta: aquí el lenguaje no retrata la realidad, sino que la disecciona, la suelda y la resucita. La prosa opera con imágenes encabalgadas, con genealogías etimológicas, con disolvencias oníricas que exigen un lector dispuesto a entrar en una zona de penumbra. La lectura no avanza: desciende, como si atravesara una gruta o un útero oscuro.

Esta obra también emprende un desmembramiento del yo. La secuencia YO–OY–Y/O señala una ruptura profunda del sujeto moderno. El autor se somete a juicio, deshace su identidad y la vuelve a armar desde las propias letras que lo componen. La escritura aparece entonces como una autopsia del alma, un acto sacrificial donde el propio narrador es ofrecido ante sus criaturas.

Al mismo tiempo, la novela articula una crítica del poder y de sus múltiples capas: familiar, imperial, lingüística. Sugiere que el poder se incrusta en el cuerpo desde la infancia, generando criptas de deseo, culpa y redención. Por eso cada letra es una herida; cada sílaba, una huella de esa historia secreta. Su estructura alfabética, sus exploraciones etimológicas y su tono ritual producen una atmósfera donde la lengua es siempre territorio de metamorfosis.

Es inevitable reconocer, además, que estamos ante un ejercicio radical de metaliteratura. Marrano Congo propone un tribunal simbólico, un auto sacramental invertido donde las letras y los tipos móviles se levantan como entidades vivas que exigen responsabilidades estéticas y morales. La autoridad del autor queda en entredicho: ¿quién escribe a quién?, ¿quién juzga a quién?, ¿quién muere y quién resucita en la página?

Por todo ello, la obra exige una lectura pausada, una decantación atenta. Avanza con una densidad envolvente, como un descenso ritual que obliga a detenerse, a respirar, a escuchar el eco de las palabras en los corredores del alfabeto. Es una novela que demanda no prisa, sino disponibilidad interior.

Con esto quisiera dejar planteada una idea que quizás atraviese toda nuestra conversación: Marrano Congo. Anima Scripta es, ante todo, una meditación sobre la escritura como descenso a la cripta del alma; el autor como reo; el lenguaje como juez; la novela como acto de resurrección. En ella cada letra se convierte en un destino y cada palabra en un exorcismo. Y es justamente en ese lugar, donde el yo se fragmenta y vuelve a nacer, que hoy nos reunimos para dialogar.

Muchas gracias.

Catálogo do Ateliê de Humanidades Editorial


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